“Esto no es arte, es puro efecto”, o algo como eso, decía la protagonista de una novela que leía días atrás, mientras mostraba una pintura que ella misma había realizado. La novela, “Castillos de cartón” de Almudena Grandes, se divide en arte, sexo, amor y muerte, en la historia de una mujer y dos hombres que se lían sentimentalmente mientras son estudiantes de arte. Y aquella frase me quedó dando vueltas varios días. Como si hubiera salido de mi pensamiento.
En el diseño, disciplina que profeso, el tema del arte saca ronchas, alguna vez la había comentado, pues no se puede ajustar una disciplina que hoy involucra un ámbito muy amplio de actividad comparado a la visión del arte desde su función poética; no obstante, permanece como parte activa del oficio de diseñar. Lo bello no importa tanto como lo útil, pareciera ser la consigna; pero a la larga, lo bello sí ha importado y ha sido esencial en el desarrollo de un artefacto. Por lo tanto, desligado de la contemplación, pero arraigado a la belleza, el diseño –y el diseñador– tangencian el arte; así como la técnica.
No siendo artistas, porque por algo uno se dice llamar diseñadora –y a mucha honra–, solemos comprender cuando las fronteras entre la ciencia y el arte nos llevan a confundirnos, no a nosotros mismos, sino a los demás hacia lo qué uno hace. Y es que es de comprender, porque se hace difícil saber a ciencia cierta qué es lo que un diseñador hace. ¿Manejar un software? ¿hacer monitos? ¿un lindo logo? ¿una página web? ¿un libro, una revista?... Y sí, hace eso y muchas cosas más. Pero, ¿se sabe de dónde sale eso que hace? ¿acaso aparece una musa inspiradora que te cubre de una luz dorada y te sugiere lo más bello para proyectar y después realizar? Pues me temo que la cosa no es así; o, al menos, no todo el tiempo.
La profesionalización del oficio ha ampliado el campo de conocimientos del diseñador, pero no existe aún un estándar generalizado (en nuestro país) que mida las competencias exactas de ejercicio; por eso, a vista de las aparentes necesidades actuales, cualquiera que maneje bien dos o tres softwares se las puede dar de diseñador y, en una de ésas, puede ser uno muy bueno. Por eso, estamos en esa labor de introducir nuestros conocimientos en la capacidad de proyectar para efectos comunicacionales, ahí donde la necesidad existe, pero pareciera sólo lo comprendemos quienes estamos en el ejercicio.
Este individuo que diseña, que se desliza entre el arte, la técnica y, porqué no, la filosofía cotidiana; sabe de lo que habla, cuando habla; y lo que hace, cuando lo proyecta y dibuja. El diseñador no puede escurrirse en lo divino, ni en lo sublime; así como no puede perderse en la tecnología, la técnica ni la ciencia; como tampoco se le puede olvidar aquello sensible que puede descubrir en lo mundano; al mismo tiempo que resuelve la eficiencia de una comunicación entre él y su cliente.
Todo eso, quienes hemos ejercido, lo aprendimos casi al mismo tiempo que nos pillaba la crisis asiática, nos poníamos al día con la cibercultura, nos deshacíamos de los preceptos de la Bauhaus y manteníamos nuestros vicios artísticos bajo control. Y hoy, vemos como se hace necesaria la estandarización del profesional del diseño como ese profesional que ofrece su pensamiento y oficio al servicio de las necesidades comunicacionales de todo tipo, que son las necesidades que impone la actual época del consumo y la sobre información. Las alianzas del diseño a la empresa privada y pública, sus éxitos en el valor agregado de productos, así como el aporte en la innovación de estrategias comunicacionales y de conocimiento, obligan hoy a esta profesión a adquirir un rol más preponderante que el habitual, aún pareciendo tan pequeña en su episteme como ambigua en sus valores de mercado.
Cuando adolescente comprendí que el arte me podría casi aniquilar, podía sentir que aquello que sucedía en mí mientras trabajaba en algún lienzo o papel era una fuerza demasiado grande, imposible de mantener en orden: no quería ser artista, no era artista. Pero sí me gustaba dibujar y escribir lo que mi pensamiento dictaba. No cabía duda, debía ser diseñadora. Lo mío no era el arte, era el efecto. Y nunca, jamás, pensé que aquello era mejor o peor, sino que sencillamente era lo que debía ser. Por eso me cuesta comprender la comparación –y pareciera distinción– entre arte y diseño, cuando para mí siempre ha sido tan clara.
Siento, y luego existo; pienso, y luego diseño.
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